viernes, 1 de julio de 2016

Un gesto que nos rescate de la muerte. Revista Unomismo de junio


“Hay un poema de Félix Grande,  hermoso, sobre el tema de volver. También hay un artículo de un poeta cordobés muy bueno -Silvio Mattonni-, que tiene un pasaje que me hizo bullir la sangre  cuando lo leí. En ese librito entre otras cosas, se habla de poetas del interior que viajaron a Buenos Aires y se quedaron en la gran ciudad. Justito como vos…”
Así empezaba el mail que recibí de un viejo y muy querido amigo hace unos días. Venía adjunto el poema de Felix Grande. Éramos vecinos, en nuestra primera juventud. Vecinos cruzando la avenida, vecinos de provincias sureñas emigrados a la ciudad para estudiar. Él era un lector voraz y mi guía en la oscuridad de las letras, lazarillo en un mundo tan fascinante como inalcanzable. “¡Qué lindas épocas aquellas vecina. Siempre me acuerdo con mucho cariño de la época de Las Heras!”
Desconozco lo que hay detrás de esa frase, cuáles serán las imágenes que él conserva. Probablemente si nos encontráramos hoy, de aquellos veinteañeros soñadores, desesperados y disconformes solo quedarían recortes, pinceladas. Y de esos años, una parcela miserable. Yo me quedé en Buenos Aires, el se volvió a su provincia, pero ¿Cómo volver a nuestro paisaje?
Con la ilusión de recuperar algo de aquello, algún peñasco, una huella, diremos palabras. Nombraremos. Enumerando uno a uno los recuerdos, engarzando el lenguaje confirmaremos que fuimos. Como Ulises, el mayor aventurero de todos los tiempos, que durante los ocho largos días que duró La Odisea, reconstruyó con lujo de detalles sus aventuras ante los feacios y eso dio cuenta de su gran travesía. Como Hansel y Gretel  que van dejando migas de pan en su camino  para poder volver, así las palabras serán vigías.
Mi amigo me  envió un poema, que a la vez, habla del regreso. La poesía – como verso - también es volver. En su sentido etimológico “verso” es regresar a ese lugar esencial donde las palabras nombran, o mejor, rescatan  las huellas de lo que fue, en imágenes, metáforas, en estelas, en jirones.
Porque casi siempre lo que alimenta el arte es un recuerdo recuperado, una chispa en el fondo del pozo de donde sacamos las palabras que alumbrarán asociaciones y resonancias. Aunque, claro,  con las palabras, la seguridad es una ilusión. Dice Mattonni: ¿Cómo es posible la verdad de la poesía en la ilusión del lenguaje?
Quizás allí donde la palabra no alcanza es donde se revele lo singular, lo único e irrepetible de cada sílaba. “Quizá lo más importante es lo que no recordamos de un modo preciso", dice Borges. Pero el sentido sigue ahí y las ideas se repiten, las metáforas se repiten, el hilo va y viene, mientras  el que recuerda, el que escribe, y el que lee son irrepetibles. Esa es la paradoja.
Lo olvidado es la materia del poema porque es lo desaparecido en nosotros, lo que queremos rescatar. Y nuestro nombre, que también es una palabra,  es aquella que nos hace únicos en la búsqueda desesperada por recuperar lo que se pierde. El nombre propio, como  el sonido más maravilloso que al ser escuchado o dicho, nos ancla a la existencia. Y sin embargo, “el verso existe más allá del olvido, el poema balbucea porque el poeta ha encontrado, ha visto que cada palabra es un nombre propio”, dice  Silvio Mattoni. Sobre la tela ilimitada del olvido, de las palabras que se olvidan y se repiten, el hilo de la memoria aparece y desaparece, va de afuera hacia adentro y de adentro hacia afuera, porque al final siempre se trata de escapar de la muerte.
Ahí aparece la nostalgia. Ulises es también el mayor nostálgico. La nostalgia nos ayuda a recuperar lo que se pierde con nuestra muerte.
Me resisto a olvidar. Mi amigo me escribe desde el sur y regreso a las tardes donde jugábamos a ponernos otros nombres, a ser otros. Me reinvento a mi misma recorriendo esos bordes, porque tal vez no recuerde tan precisamente.
Escribo para regresar a ese lugar irrecuperable donde la palabra es todo sostén. Me niego a que se escape la metáfora. Aun sin aliento sigo balbuceando lo que no tiene palabra. El arte, el poema solo es un gesto para rescatar esas experiencias. Un gesto solo, permanente, insistente, imprescindible.

Donde fuiste feliz, de Feliz Grande (1937-2014)

Donde fuiste feliz alguna vez
no debieras volver jamás: el tiempo
habrá hecho sus destrozos, levantando
su muro fronterizo
contra el que la ilusión chocará estupefacta.
El tiempo habrá labrado,
paciente, tu fracaso
mientras faltabas, mientras ibas
ingenuamente por el mundo
conservando como recuerdo
lo que era destrucción subterránea, ruina.

Si la felicidad te la dio una mujer
ahora habrá envejecido u olvidado
y sólo sentirás asombro
-el anticipo de las maldiciones.
Si una taberna fue, habrá cambiado
de dueño o de clientes
y tu rincón se habrá ocupado
con intrusos fantasmagóricos
que con su ajenidad, te empujan a la calle, al vacío.
Si fue un barrio, hallarás
entre los cambios del urbano progreso
tu cadáver diseminado.

No debieras volver jamás a nada, a nadie,
pues toda historia interrumpida
tan sólo sobrevive
para vengarse en la ilusión, clavarle
su cuchillo desesperado,
morir asesinando.

Mas sabes que la dicha es como un criminal
que seduce a su víctima
que la reclama con atroz dulzura
mientras esconde la mano homicida.
Sabes que volverás, que te hallas condenado
a regresar, humilde, donde fuiste feliz.
Sabes que volverás
porque la dicha consistió en marcarte
con la nostalgia, convertirte
la vida en cicatriz;
y si has de ser leal, girarás errabundo
alrededor del desastre entrañable
como girase un perro ante la tumba
de su dueño... su dueño... su dueño



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